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22/8/22

La gran Cruz de Boyacá para Alfonso Reyes

En 1945, pocos meses antes de llegar a su fin la segunda presidencia del exclente Alfonso López Pumarejo, el embajador de Colombia en México, Jorge Zalamea, entregó la Cruz de Boyacá a don Alfonso Reyes. Aquí reseñamos sus palabras de agradecimiento que  publica El Universal, de México, el 25 de julio de 1945.

Excmo. señor Embajador don Jorge Zalamea: Reciba Vuestra Excelencia la expresión de nuestra gratitud más profunda, y dígnese hacerla llegar hasta el Excelentísimo señor don Alfonso López, Presidente de la República de Colombia, procurando—como sin duda sabrá hacerlo un mensajero de tales prendas— que, sin empañarse la objetividad y la tersura impuestas por los cánones oficiales, se deje sentir de alguna manera, y como entre líneas, ese calor de la emoción sin el cual las cosas humanas pierden su necesidad y su justicia.

Un amistoso encargo, que por de contado en la orden más inapelable, me pone en el trance de contestar a Vuestra Excelencia en nombre de los señores generales don Francisco L. Urquizo, don Leobardo C. Ruiz y don Gustavo A. Salinas, a la vez que en mi propio nombre: nuevo consorcio, éste, de las armas y las letras, en que no puedo menos de complacerme y aun sentirme guiado por algún secreto y sabio destino; por la amistad que me une con los tres señores generales; porque nunca en nuestro  país fue mejor la armonía entre militares y civiles, ahora que nuestra juventud cruza por el servicio del Estado como una etapa natural de su vida, y porque, además de ser un oficial de los libros, soy hijo de un guerrero.

Pero este paso honroso me obliga, sin remedio, a sumergir en mi propia confusión, oscureciéndola con ella, la gallarda personalidad de estos militares y estadistas, a quienes —sin salirme del pacto— no podría yo elogiar aquí como quisiera, ni felicitar a mi turno.

Se, en cambio, que los interpreto cabalmente, al asegurar que nuestra gratitud se acrecienta por el hecho de haberse escogido el aniversario nacional de Colombia para entregarnos las insignias de la Orden de Boyacá, cuyo solo nombre es grito de victoria, y evoca nuestras  bregas comunes y nuestras comunes esperanzas.

Tenemos que dejar de lado las gentiles palabras con que el señor Embajador nos acoge, y disimular con el silencio todo ese rumor de alma que se precipita a nuestros labios, sin hallar la palabra justa. Porque tampoco estaría bien que nos detuviéramos demasiado en hablar de nosotros mismos, con pretexto de rectificar favores sin duda desmedidos; y porque estas deudas, en suma —al fin engendradas por la generosidad y la nobleza del otorgante—, ni se cementan ni se pagan.

A ver cómo se las arregla este caballero de las letras y del pensamiento americanos, a quien seguimos con admiración y de sorpresa en sorpresa desde sus primeras hazañas en la pluma; este claro e intachable amigo, que por suerte ostenta entre nosotros la representación del país hermano, para que la opinión y el Gobierno de Colombia adviertan que los ahora agraciados con las insignias de la Orden de Boyacá no nos engañamos sobre la intención de esta honra inapreciable: —Servimos come memos intermediarios para que se manifieste la amistad entre dos pueblos y dos Gobiernos. Nada más: nada menos.

Cada vez nos despersonaliza más el imperativo de los deberes sociales. Siempre fue de rigor devolver a la sociedad lo que cada uno le debe. Mucho más en estos días aciagos. Nuestra vida ya no tiene más fin que ofrecer los hombros, para que salte a escalar el eterno muro otra generación a la que deseamos mejor ventura. Desaparecemos en la base de los empeños colectivos. Valemos y somos cuanto valga nuestra voluntad de integrarnos con los nuestros, absorbidos el el seno de las naciones. Y vamos, de paso, arrastrados por el gran viento histórico.

Colombia, en la constelación de las naciones americanas, ofrece una fisonomía inconfundible y, digámoslo de una vez, digna de envidia. Nunca más palpable esa posibilidad de reducir a virtud, razón e inteligencia los ímpetus juveniles y algo desordenados que, a veces, imprimen en la fisonomía de nuestros pueblos una gesticulación ingrata y excesiva. Nunca más celosamente preservada aquella vieja tradición de cortesía que, desde la hora en que Hispanoamérica pudo dejar oír su voz entre el coro de las voces de Europa, la distinguió como un carácter propio y acaso como una promesa: la promesa que América ha significado siempre para el día en que se cese el mundo.

En la mitología del Continente —en decir: en esos trasfondos de conciencia donde precipitan, ya depuradas y acendradas, las imágenes definitivas—, Colombia ha ocupado el lugar de una Atenas americana. Y aun se han dado instantes preciosos, de exquisita irrealidad —diríamos—, en que las ásperas luchas cívicas, donde hasta un poco de grosería se usa y se perdona, asumieran, allá, el aire de aquel inacabable diálogo, entablado desde que nació la palabra, entre la Gramática y la Poesía.

Para Colombia sean, pues, nuestra gratitud y nuestros votos fervientes. Y, señor Embajador, sépase y entiéndase que aquella nación—hermana mayor por la discreción y el civismo—no arroja en tierra estéril estas semillas de su generosidad. Si ya sólo como mexicanos nos cumplía amar a Colombia, ahora doblemente nos compete como señalados por el fuego de su simpatía. El amor y el entendimiento de Colombia, nosotros los atizaremos gustosamente: en la medida de su insigne acción, mis amigos, yo en mis “oscuras soledades”, de que hablaba el poeta. Nosotros lo transmitiremos a nuestros hijos, a nuestros hijos de la carne y a nuestros hijos del espíritu.

México, 20-VII-1945.

1/11/09

UNA MIRADA A ALFONSO REYES

POR GEORGE STEINER

El Premio Alfonso Reyes, concedido a George Steiner en octubre de 2007, lo inscribe en una cadena de nombres como André Malraux, Jacques Soustelle, Adolfo Bioy Casares, Harold Bloom, Antonio Candido, Margit Frenk, entre otros, que realzan, recalcándola, la condición de la crítica literaria como un ejercicio creador libre de formalismos y fiel a una tradición euroamericana, transatlántica, que sitúa la preocupación por el presente porvenir de la cultura como una de las asignaturas permanentes de la inteligencia y la crítica contemporáneas.
Sobra decir con cuánto gusto los lectores de George Steiner saludamos la concesión de este premio, precisamente de este premio. Tanto Alfonso Reyes como George Steiner se mueven en torno a un preguntar e indagar por el sentido de la cultura y de la memoria. Ambos críticos y creadores han sabido llevar la experiencia literaria a límites cada vez más arriesgados y fecundos. De ahí que parezca necesario detenerse un momento a saludar la feliz decisión del jurado.
George Steiner no pudo venir a México, pero pronunció en su casa, en Inglaterra, ante el embajador de México, el licenciado Juan José Bremer, el martes 9 de octubre de 2007, un breve pero substancioso discurso. Como los medios y las agencias noticiosas no lo recogieron, me di a la tarea de buscarlo y, luego, de transcribirlo y traducirlo. Omitirlo de la circulación hubiera sido, a mis ojos, una irresponsabilidad. Agradezco a Minerva Margarita Villarreal, directora de la Capilla Alfonsina en la ciudad de Monterrey, la gentileza de haberme hecho llegar la copia de la grabación que hizo posible la presente traducción.
Adolfo Castañón
                                                      Su Excelencia, señoras y señores:

Estoy profundamente emocionado y honrado por el Premio. Antes que nada, debo presentar a ustedes dos excusas necesarias. La primera es que no estoy en México, adonde he ido tres veces, y cada viaje ha sido para mí del mayor y más apasionado interés. Pero lo más importante es que no estoy hablando a ustedes en español. Estoy muy apenado por ello. Debo decir que leo en español con gran alegría, aunque no tengo el suficiente dominio de este idioma para atreverme a hablarlo con cierta solvencia. Acepten, por favor, mis más sentidas excusas.


En esta misma casa tuve el privilegio de dar la bienvenida a Octavio Paz, y con motivo de la reciente recepción de un doctorado honoris causa en esa gran y antigua universidad que es la de Alcalá de Henares estuve, no hace mucho, con Carlos Fuentes. Así pues, siento que estoy en contacto directo con el genio de la literatura mexicana. Sin embargo, debo decir cuán limitado, cuán absurdamente limitado me siento al considerar las Obras completas de Alfonso Reyes y su inmensa correspondencia que, como ha dicho mi traductor y amigo, el crítico mexicano Adolfo Castañón, es tan vasta como la de Erasmo y la de Voltaire.


Cuando se intenta ser un comparatista, es decir, alguien dedicado al estudio comparado de la literatura y de la filosofía, el vasto campo de referencias de Reyes lo deja a uno con un sentimiento de enorme humildad. Su horizonte abarca desde la antigüedad clásica hasta la modernidad, desde la literatura picaresca hasta la erótica, desde el orden de lo político hasta las esferas de la crítica y la estética. En un solo ensayo –y se podrían citar muchos otros–, en la colección titulada El suicida, Reyes cita en un solo texto a Herodoto, Tomás Moro, Flaubert, Ibsen, Azorín, Cervantes, Zola, Anatole France, Goethe, William James y Schopenhauer. Unas páginas más adelante cita cómodamente a Rabelais. Llama a sus maravillosas expresiones “divagaciones”. El suicida es un libro muy difícil –y que valdría la pena traducir– y que expresa la alegría del viajero de grandes alcances. Páginas adelante Reyes se da el asombroso lujo de reflexionar, con autoridad, sobre el empleo del tango en la obra de Marinetti y en la estética del futurismo.


En la obra de Alfonso Reyes aparecen voces que funcionan como un talismán, como espacio de reunión y de reconciliación, una maravillosa frase.


Góngora y Mallarmé fueron sus constantes compañeros. Esto resulta muy interesante: los dos son poetas difíciles, herméticos y, en contraste, él mismo era el diplomático más mundano y abierto. ¿Cómo compaginar esta aparente contradicción? Góngora y Mallarmé le dieron una intimidad privada, un espacio de silencio y meditación en medio de su vida fantásticamente pública.


Pero nada me ha conmovido tanto como su Homero en Cuernavaca (1948-1951):
La soberbia de Aquiles resplandece
y el viento gime con la voz de Helena.


Soneto tras soneto, Reyes nos va trayendo la voz elocuente del anciano Néstor hablando en español y haciéndose casi profundamente mexicano, como cuando habla de la fatal inquietud de Casandra.


Homero en Cuernavaca es un asombroso acto de traslado imaginativo desde Troya hasta las playas del Pacífico. Se encuentra aquí el credo de Reyes, su fe universalista:
... a siglos de distancia
la sangre es siempre una.


Más allá de la distancia y de la irreversible separación impuesta por la historia, a través de los siglos hay –nos dice Reyes– una sangre común, una historia compartida. Y él volverá una y otra vez a esta idea como un Leitmotiv. Como ustedes saben, él no pudo visitar la Grecia homérica, así que nos dice deliciosamente: mi pluma hará las veces del bastón del peregrino; con mi pluma haré el viaje. Y él lo hizo. Con su traducción de la Ilíada, por supuesto, con su trabajo constante, con su devoción inquebrantable hacia Virgilio, el poeta más amado por él, por encima de todos los poetas latinos.


Alfonso Reyes fue un embajador, como usted mismo, su Excelencia, un embajador como Paul Claudel, un diplomático viajero como Saint-John Perse; pertenece a esa familia extraordinaria de poetas diplomáticos, de diplomáticos poetas y peregrinos letrados que han recorrido el mapa del mundo. Reyes nos dice que una frontera debería ser una invitación. Ésta es una de sus frases más espléndidas, particularmente en estos momentos difíciles en que vivimos. Pero él todavía tenía esperanza de que las fronteras no debían ser muros sino invitaciones. Nada puede cruzar o atravesar una frontera mejor –nos dice él– que la poesía, y es ella la única capaz de cruzar la “frontera del dolor”.


En uno de sus mejores momentos (y, de nuevo, no es fácil traducirlo, pues Reyes era un maestro de la concisión, y tenía el genio y el arte de condensar la experiencia en poderosas fórmulas) se pregunta: ¿Qué es mi poesía? Y responde: es un “Misticismo activo”. Esto merece reflexión. Cuando pensamos en San Juan de la Cruz, en Góngora, en la gran tradición mística española que Reyes conocía tanto y tan bien, tenemos tendencia a olvidar que puede darse, en efecto, un misticismo dinámico, activo... y que él, Reyes, ciertamente lo representaba.


En ese triunfo de la inteligencia que se llama melancolía –y lo cito repitiendo esa maravillosa frase–: en ese triunfo de la inteligencia que se llama melancolía, Alfonso Reyes compone los dos polos definitivos de su vasto cuerpo textual: lo dos textos en que cristalizan la vida y el genio de la literatura mexicana moderna: Ifigenia cruel y Visión de Anáhuac. Se trata de dos obras seminales. De ellas surge un atisbo cardinal: la historia de México –nos enseña él– es la del conquistador conquistado. México mismo es la demostración de que “La humanidad es como un solo hombre”.


Por conflictivos que sean sus orígenes, por más compleja que sea la dialéctica de las religiones y de las culturas, de lo cual México es un ejemplo tan singular, finalmente sólo hay un ser humano, una humanidad.


Muchas cosas en sus ensayos, en sus retratos, en sus acotaciones y comentarios críticos y culturales pueden sorprendernos como algo radicalmente distinto de nuestros propios hábitos profesionales, de nuestras heladas técnicas y cobardes costumbres.


Casi me atrevería a decir que él era, en un sentido maravilloso, un amateur, si recordamos lo que la palabra significa: amatore, un amante. A partir del Renacimiento, el amateur no era un crítico sino algo complementario de la universalidad y el ecumenismo del amor y de la simpatía. Vivimos ahora en un clima mucho más amargo y mucho más estrecho. Hoy en día, ya sólo a muy pocos les está permitido ser amateurs, pues éstos son castigados por sus pasiones. Reyes sabía mucho mejor que nosotros que incluso la mejor de las críticas –y él era un gran crítico– es un, y lo cito, “remedio desesperado”, si se compara con el acto de la creación. Y así escribe a Valery Larbaud –otro trotamundos, otro viajero, poeta, crítico, traductor, uno de sus grandes amigos franceses–: seul les poètes savent parler des poètes: les comprendre, les expliquer, les juger: “sólo los poetas saben hablar de los poetas: comprenderlos, explicarlos, juzgarlos”. Sus intercambios con Valery Larbaud, Cocteau, con los grandes poetas de todo el orbe, su relación con Borges, constituyen una lección continua de lo que Goethe llamó “afinidades electivas”: relaciones elegidas de alma a alma, de corazón a corazón, en un plano muy elevado de mutuo respeto.


Entre los estudiantes de Monterrey, en una maravillosa tarde, hace algunos años, tuve la experiencia –y déjenme tomar prestada la frase de Dante– de un moto spirituale: de un movimiento del espíritu, un dinamismo del alma, que para mí define a México. Nunca lo olvidaré. La sala estaba llena, pero se abrieron las puertas para que la gente que también llenaba el vestíbulo y que estaba afuera pudiera entrar a oír la conferencia. Era uno de esos prodigiosos días soleados de Monterrey, y los estudiantes llegaron a sentarse en el suelo, justo rodeando la base de la plataforma desde donde yo impartía mi lección. Fue una impresión única, irrepetible, de entusiasmo generoso: la sobrecogedora presencia de un pasado inmensamente antiguo y complejo como el que tiene México y la extrema, apremiante proximidad del futuro.


Me gustaría ser capaz de formular con mayor claridad esta impresión: cuando el pasado está muy cerca del futuro, como sucede entre los jóvenes en México, se da una experiencia que, al menos yo, no he tenido casi en ningún otro lado. Por formidables y complejos que sean los problemas económicos, sociales y aun étnicos –y sería una locura negar que los hay–, en México el mañana tiene un sabor, la saveur: el sabor de la esperanza.


Cuando uno está entre todos esos jóvenes en una universidad mexicana –y yo di varias conferencias tanto en Monterrey como en México mismo–, se llega a sentir que la esperanza tiene sonido, que es audible y que está en el aire, a pesar, lo repito, de las grandes dificultades circundantes. Se trata de una suerte de maravilla de la cual la obra de Alfonso Reyes es un testimonio constante.


Quiero agradecer a ustedes de nuevo, desde lo más hondo de mi corazón, señor Embajador, la oportunidad de compartir esta experiencia.


Cambridge, Inglaterra, 6 de octubre de 2007



Tomado de http://www.letraslibres.com/index.php?art=12789

14/5/09

Aniversario próximo

Se acerca el aniversario de los 120 años de nacimiento de Alfonso Reyes y nada mejor que empezar a recordarlo por medio de una entrevista de Jorge Luis Borges. La fecha será el próximo 17 de mayo, día en el cual volveremos a Borges.

Jorge Luis Borges:
Su AmistadPersonal con Alfonso Reyes
Por OSVALDO FERRARI

(Tomado del libro Diálogos, del poeta, periodista y escritor argentino Osvaldo Ferrari. Entre sus libros hay tres dedicados a estos diálogos con el gran escritor argentino Jorge Luis Borges. Ferrari nació en Buenos Aires en 1948. Ha publicado Poemas de Vida y Poemas Autobiográficos, entre otros libros).

-¿Quería, desde hace tiempo, conversar con usted, Borges, sobre dos escritores mexicanos. Uno de ellos, muy próximo a la Argentina, y a usted, creo, Alfonso Reyes, y el otro Octavio Paz.
-De Octavio Paz puedo hablar con escasa autoridad; no he leído nada suyo, tengo el mejor recuerdo personal de él. Hablemos sobre Alfonso Reyes.
-Muy bien.
- Yo lo conocí en la quinta de Victoria Ocampo, que está, creo, en San Isidro. Lo conocí a Alfonso Reyes, y recordé enseguida a otro poeta mexicano, a Othón, de quien recuerdo aquel verso: "Veo tu espalda y ya olvidé tu frente", y después: "Malhaya en el recuerdo y el olvido". Esto parece de Almafuerte, ¿no? Entonces, Alfonso Reyes me dijo que él había conocido a Othón, que Othón frecuentaba la casa de su padre, el general Reyes, que se hizo matar cuando la Revolución Mexicana. Una muerte bastante parecida a la de mi abuelo, Francisco Borges, que se hizo matar después de la capitulación de Mitre, en La Verde, en el año 1874. Alfonso Reyes me dijo que había visto muchas veces a Othón; entonces yo me quedé asombrado, porque uno piensa en los autores, y uno piensa en libros; uno no piensa, bueno, que los autores de esos libros eran hombres, y que hubo gente que pudo conocerlos. Yo le dije: pero, cómo, ¿usted lo conoció a Othón? Entonces Reyes dio, inmediatamente, con la cita adecuada, que eran unos versos de Browning, y me dijo: "Ah, did you want to see Shelley play?". Que es la misma situación: una persona asombrada de que alguien haya conocido a Shelley; y yo asombrado de que él hubiera conocido a Othón. Pero el hallazgo de esa cita, bueno, fue un hallazgo personal suyo. Qué curioso: en las novelas japonesas, uno de los hábitos de la gente de la corte es, cuando quieren decir algo, no decirlo directamente, sino citar un verso -chino o japonés- que antecede a lo que quieren decir. Y así se dicen indirectamente las cosas. Y otro mérito es el de reconocer inmediatamente a qué poema se refiere el otro. Bueno, pues Reyes, en aquellas primeras palabras que cambió conmigo, pasó de mi "pero, cómo, ¿usted lo conoció a Othón?", al "Ah, did you want to see Shelley play?": la "Memorabilia" de Browning. Entonces, desde aquel momento, nos hicimos amigos, y ... él me tomó en serio. Yo no estaba acostumbrado a ser tomado en serio. Creo que quizá sea un error tomarme en serio. Pero, en todo caso, ese error se ha difundido después; pero en aquel tiempo era nuevo para mí. Nos hicimos amigos -además, ya nos unía el gran nombre de Browning, y aquella cita oportuna-, y él me invitó a comer (él me invitaba a comer todos los domingos) en la embajada de México, en la calle Posadas. Y ahí estaba él, su mujer, su hijo y yo. Y hablábamos hasta bien entrada la noche: "till the small hours", como dicen en inglés, "hasta las horas breves", ¿no? Hablábamos de literatura, preferentemente de literatura inglesa; y hablábamos también de Góngora. Yo no compartía, y no comparto del todo, el culto que él le profesaba a Góngora, pero sabía de memoria muchas composiciones de Góngora. Hablábamos de literatura.. yo lo llevé a Ricardo Molinari a que lo conociera a Reyes. Y cuando salimos, me dijo Molinari: "Es la noche más feliz de mi vida". Claro, es una frase hecha, pero en aquel momento era cierta, "he conocido a Alfonso Reyes". Efectivamente, lo había conocido. Y después fui a verlo con Francisco Luis Bernárdez, también. Pero yo fui el que los llevó a los otros. Luego Reyes fundó una revista llamada Cuadernos del Plata; y me pidió que colaborara, y yo le contesté, y él me contestó después, lamentando lo que yo le decía: que en esa revista colaboraban Leopoldo Marechal y Francisco Luis Bernárdez. Yo era muy amigo de Bernárdez y conocía muy superficialmente a Marechal, pero sabía que eran nacionalistas, y yo no quería publicar en una revista donde publicaran nacionalistas, ya que la gente confunde todo fácilmente, y hubieran dicho que yo me había convertido al nacionalismo. Reyes me dijo que lamentaba esa ausencia mía, pero que -desde luego, no precisó decirlo- eso no afectaba en nada nuestra amistad (el que yo no publicara en la revista). Después, él publicó un libro mío que hubiera debido rechazar, y que yo trato de olvidar ahora. Se llamaba Cuaderno de San Martín y lo ilustró Silvina Ocampo, creo.
-¿Dedicado a Wally Zenner?
-No, había una composición dedicada a ella, nada más. No, el libro no está dedicado a nadie, no; había un poema dedicado a Wally Zenner, un poema bastante flojo que, bueno, he omitido después, porque realmente no la honra a ella, y puede deshonrarme a mí, ¿no? Era muy, muy flojo.
-(Ríe.) Pero usted me decía que Alfonso Reyes, además de ocuparse de usted y apoyarlo, en cierta medida, también se ocupó de otros escritores.
-Desde luego.
-Inclusive de Macedonio Fernández.
-Bueno, en el caso de Macedonio Fernández, yo le llevé los textos. Reyes no sabía nada de Macedonio, pero los aceptó para los Cuadernos del Plata. Y ahí se publicó ese libro de Macedonio, que Macedonio no quería publicar, y que yo, bueno, se lo "robé" un poco. Y corregí las pruebas con Alfonso Reyes. Era Papeles de Recienvenido; fue el primer libro que publicó Macedonio. El no quería publicar, me decía que él escribía para ayudarse a pensar, pero que no pensaba que lo que escribía tuviera algún valor literario. Lo hacía como ayuda a su propio pensamiento. Muchas eran cartas, que él había escrito un poco en broma. A él no le gustaba la idea de la publicidad, creía que era un error. Y luego, años después de la muerte de Macedonio, leí una biografía de Emily Dickinson. En esa biografía, ella dice que publicar no es parte necesaria de un destino literario, que un escritor puede no publicar. Bueno, posiblemente tuviera razón. Y recuerdo un caso análogo; el caso de uno de los máximos poetas de Inglaterra, lo cual ya es decir mucho: John Donne, quien creo que no publicó casi nada. El escribía versos, o pronunciaba sermones, y eso circulaba en forma manuscrita. Pero no creo que él publicara nada, aunque puedo equivocarme. En el caso de Emily Dickinson, ella publicó creo que cuatro o cinco poemas en vida, y todo lo demás lo encontraron en los cajones en su habitación. Y uno de los mejores cuentos de Herman Melville, "Billy Budd", creo que usted me dijo fue encontrado en uno de los cajones de su escritorio. Melville no había pensado en publicarlo, aunque publicó muchos libros, desde luego. En cambio, actualmente, noto que se piensa en la publicidad, o se piensa, más bien, en la escritura como un medio de llegar a la publicidad, a la promoción. Ocurre eso; parece increíble -otras épocas no lo entenderán-, pero ahora ocurre eso: se piensa que lo dicho o lo manuscrito es irreal, pero que lo impreso es real. Bueno, la verdad es que lo impreso da cierta firmeza a las cosas, ¿no? Y Alfonso Reyes me dijo: "Publicamos para no pasarnos la vida corrigiendo los borradores". Es decir, uno publica un libro para librarse de él; que es lo que me sucede a mí. Y la prueba está en que, una vez publicado un libro mío, no sé si la crítica ha sido adversa, ha sido elogiosa, no sé si se han vendido ejemplares o no. Todo eso es cuestión de .... y, de libreros, o de editores quizá, pero no de escritores.
-Se prescindía de la idea del éxito; de la idea de la difusión del nombre a través de la palabra impresa.
-Sí, y además era natural que fuera así, porque un escritor casi no contaba, o contaba muy poco. Y recuerdo que Arturo Cancela le dijo a mi padre: "Mis enemigos dicen que yo vendo mucho mis libros, para desacreditarme; porque así yo quedo como escritor popular, es decir, malo. Pero la verdad es que se venden muy poco". La verdad era que se vendían mucho, pero que a él no le gustaba decir que se vendían mucho. Porque un escritor, se entendía que debía escribir para pocos. Aquellos versos de Stefan George -yo conozco la versión castellana de Enrique Diez Canedo-, un gran amigo de Reyes, dicen: el poema, "de raros elegidos es raras veces premio". Y Stefan George toma una imagen de Henry James; esa imagen es de un libro de James que se titula The Figure in the Carpet (La Trama de la Alfombra). Se trata de un escritor que compara su obra con una alfombra persa. Y esa alfombra a primera vista, parece un caos; y luego uno la mira y ve que hay un dibujo, y se entiende que en toda su obra hay un dibujo -que, naturalmente, Henry James no revela cuál es-, y que en la última escena, el que narra la historia, que es un crítico, está en una habitación, en el piso hay una alfombra persa; está rodeado de los libros del maestro, y piensa llegar a descubrir cuál es ese dibujo, deliberadamente oculto por el autor. Bueno, yo he hablado de este cuento con Reyes; ¡he hablado sobre tantas cosas con Reyes! Una cosa que él hubiera deseado, fue conocer a Ricardo Güiraldes, y no se conocieron nunca. El escribió un poema sobre ese desencuentro, que fue, de un modo ideal, una suerte de encuentro. Y en ese poema, Reyes tiene una frase muy linda para la tranquera, en el medio del campo. Dice que el campo es tan vasto, se refiere a la llanura -que los escritores tradujeron por "la pampa"-, que de los dos lados se está afuera. Muy lindo, y es un poco mágico, ¿no?: de los dos lados de la tranquera, en la llanura, uno está afuera. Y Reyes usa esa imagen en ese poema dedicado a Güiraldes.
-Hay un aspecto muy importante, Borges, que usted comparte con Alfonso Reyes. Si recordamos "Reloj de sol" o "Visión de Anáhuac", o ese poema de él, "Homero en Cuernavaca".
-No conozco ese poema, pero "Reloj de sol" sí; y recuerdo el epígrafe: "El reloj de sol, el que da las horas con modestia". Está muy bien, ¿eh?: sin campanadas, sin ruido de ninguna especie. "Da las horas con modestia"... y hay una antología... yo no sé si la menciona, o si la hizo Dorothy Sayers, sobre incripciones en relojes de sol. Hay una clásica, que es: "Sólo enumero las horas claras", que es muy lindo porque se refiere a las horas de felicidad. Y hay otra inscripción que dice: "It is later than you think" -es más tarde de lo que piensas-, en un reloj de sol de un jardín de Inglaterra. Y hay como una leve amenaza allí, ¿no?: "Es más tarde", como si lo amenazara de muerte a quien lee. "Es más tarde de lo que piensas"; es decir, estás más cerca de la muerte, supongo yo, ¿no?
-Hay otro poema relativo a todo esto: "Piedra de sol", pero ése pertenece a Octavio Paz.
-Ese no lo conozco, pero creo que "Piedra de sol" se refiere a un reloj de sol, ¿no?
-Claro, el reloj de sol azteca.
-Es eso, claro. "Piedra de sol"; es un lindo título, ¿eh?
-Lo que usted tiene en común con Alfonso Reyes es que ambos...
-Bueno, tenemos el amor de la literatura y de las literaturas.
-Claro.
-Ahora, desde luego, él había leído mucho más que yo, él me enseñó, y ... muchísimas cosas, sí. Y él tenía el culto de Homero; y a mí me cuesta un esfuerzo admirar La Ilíada, salvo los cantos finales. Y, en cambio, leo y releo La Odisea; y como no sé griego, eso, de algún modo, es una ventaja, ya que me permite leer las muchas traducciones de La Odisea que hay. De igual modo que mi ignorancia del árabe me ha permitido leer seis o siete versiones de Las mil y una noches. De modo que quizá convenga ignorar los idiomas, ya que, en ese caso, uno lee varias versiones de un libro. Ignorando idiomas, que es mi caso, en lo que se refiere al griego, al árabe, bueno, y a casi todos los idiomas del mundo, ya que lo que un hombre puede saber es muy poco.
-Solamente por factores cronológicos, Borges, tenemos que detener esta audición.
-Quería agregar una galantería de Alfonso Reyes a Victoria Ocampo; le dijo: "Otra vez se hablará de la era victoriana", refiriéndose a ella.
-Estupendo.
- Sí, estuvo muy bien. Era una broma, pero una broma, bueno, cortés; un homenaje. © CONTACTO Magazine
tomado de http://www.contactomagazine.com/borgesreyes.htm

18/3/09

Biografía en Wikipedia

Como es sabido, Wikipedia nos da la opción de seguir navegando en torno al tema buscado. Por eso se sugiere este enlace y ójala sea una buena motivación para leer y leer más sobre Alfonso Reyes y, ante todo, para conocer su obra.

http://es.wikipedia.org/wiki/Alfonso_Reyes_Ochoa